Laura Andrea
Arte-rías
Doña Eluteria comenzó a ir al cine sola a los 27 años. La selección en la única sala del pueblo era limitada y temperamental pero interminable. Todas las semanas se encontraba con una nueva ofrenda con que comulgar. No fue hasta la semana que cumplió 28 que comenzó a tomar café durante las tandas. Ya los empleados la conocían y los veteranos—pasados y futuros—se peleaban sobre qué recomendarle cada semana.
A veces algunas películas solo duraban tres días en salas. Era un teatro de errores o coincidencia. Cajas con rollos de películas empezaron a llegar un día y el manejador del teatro consiguió que le prestaran permanentemente un proyector. Al principio se peleaban con la tropa de teatro que se rehusaba a morir o mudarse a un pueblo con más audiencia. Nunca se discernía si sus producciones eran comedias o tragedias. En el vestíbulo los miembros del público se enredaban a los puños de tan diferentes las interpretaciones. Las tensiones alzaron tanto entre la clientela y los gestantes culturales que estalló un pequeño fuego que lograron atrapar antes de que causara daños mayores al edificio que se jalaban. Eventualmente negociaron un acuerdo con horarios fijamente absurdos que marcaría la doble vida del teatro.
Lo mejor y peor que hizo la tropa fue dejar la dramaturgia y convertirse en payasos callejeros. No cederían el espacio del teatro pues necesitaban donde ensayar y hacer presentaciones especiales durante días de lluvia. Doña Eluteria nunca fue fanática del circo y menos de los cirqueros, pero admitiría en sus años dorados (después de dos copas y media del Merlot de la casa) que salió con varios miembros de la tropa en su juventud. Nunca le temió a los payasos, pero le gustaba que a los demás sí.
Parte de esa juventud próxima a payasos de Doña Eluteria incluyó ser parte de la producción colaborativa entre los dos huéspedes del teatro. Las cajas de películas llegaron a ser muy esporádicas para la demanda de los patronos. Enmendaron el acuerdo para mostrar películas mientras el talento de la tropa añadía otro plano artístico en la tarima frente a la proyección. Lo mercadearon como una presentación multimediática inmersa que une el arte callejero con el arte producido tras bastidores. Logró venderse como sendo papelón para pasar el rato. Se programaban semanas de estreno antes de escribir una sola página de guion. Si llegaban a completar el guion a tiempo (lo cual solo logró suceder 3 veces hasta el sol de hoy) lo decoraban con tantos tachones y comentarios que resultaba irreconocible en su estreno.
La pieza favorita de Doña Eluteria siempre será la comedia local babosa sobre un hombre buscando cómo follarse su compañera de trabajo demasiada atractiva para él. La tropa se vistió en sus mejores trajes de payasos y lloraron frente a la corrida completa de la película de una hora y diecisiete minutos. Y nada menos que pura autenticidad, esas lágrimas palpitaban en el público que se disipó durante la presentación. No todos los payasos aguantaron el maratón, sólo Don Carmo, con quien Doña Eluteria rompió la noche anterior después de una discusión necia sobre su maquillaje teatral preferido.
Doña Eluteria y Don Carmo mantuvieron uno de esos romances que se dejan y vuelven durante décadas. En sus mejores momentos compraban taquillas para el cineteatro juntos. En sus peores momentos compraban taquillas para al cineteatro juntos. Los empleados desarrollaron un protocolo para sus visitas que incorporaba notificar a los otros clientes a través de una elaborada cadena de llamadas para que mejor vinieran para la siguiente tanda. Las apuestas clandestinas sobre cuándo y cómo próximo se dejaban o volvían se convirtió en un pilar de la economía del pueblo. Si en algún momento cualquiera de los dos se enteró sobre la cultura de manipular su relación para darse un gustito extra en la compra de la semana, no lo hicieron notar. Claro, Doña Eluteria supo inmediatamente y a través de unos delegados clandestinos ganó suficiente dinero en las apuestas para unos muebles de sala nuevos.
En la última dejada o retorno—llegó a dificultarse el discernir—un segundo fuego se asomó detrás de la pantalla. Doña Eluteria tardó en notar el cambio de la temperatura pues cada año tomaba el café más y más caliente. Sólo cuando las llamas perforaron el cuello de la presentadora-convertida-actriz en pantalla notó que no formaba parte del espectáculo. Don Carmo besó a Doña Eluteria y abandonó la sala. Ella consideró seguirlo y consideró quedarse. Ambas opciones le parecieron demasiadas obvias. Y recostarse de lo obvio es del bajo arte.
Decidió que salir corriendo del edificio para después después volver a entrar una y otra vez era lo más apto para la situación. Que los elementos decidan su destino. El compromiso es cosa de incultos. La ambigüedad es el único dios a quien le cedía tributo. Los matices se distinguen por erótico. Pero claro, todo esto siempre y cuando esa ambigüedad en realidad no lo sea. Vamos, que el arte no es para jugar a la ruleta. A los que no capten eso de la primera se les mantiene a oscuras. La llamada viene de adentro de la casa. Si no la escuchas, mala tuya. Y Doña Eluteria tenía buena resistencia cardiovascular para ser una señora ya roncando en sus laureles.
No se sabe mucho de lo que le sucedió después de el segundo gran fuego del cineteatro. La institución siguió corriendo como de costumbre atrayendo a nuevos gestores culturales que le responden a sugerencias de su público con “¡gesta tú entonces!”—lo mejor de lo mejor. Don Carmo se dejó traspasar por cualquier mujer en el pueblo dispuesta a romperle el corazón, aunque ninguna le dio el seguimiento y el espectáculo como Doña Eluteria. Los trabajadores del cineteatro (eventualmente renombrados como ‘docentes’) continuaron dando sugerencias de café, hasta creando especiales semanales en honor a su antigua gran patrocinadora. Encontraron que el mito de la gestora original era buena promoción para vender taquillas. En un futuro un poco más lejano de cualquiera que la conocía, se le nombraría el cineteatro a su honor. En un futuro aún más lejano se le fundaría una beca para gestores a su nombre. Cada año se escogerán 25 gestores y/o artistas requete establecidos para que pongan los mismos programas que Doña Eluteria facilitó en sus tiempos. Lo que no encontrarían hasta un futuro incierto serían las copias originales de las películas y los performances en los que se basaron los artes cirqueros que fueron artesanalmente tapizados dentro de los muebles de la sala de Doña Eluteria. Los muebles se pudrieron en su casa deshabitada, olvidada como la calle donde vivían los artistas con quien trabajó que tuvieron que mudarse cuando sus techos se le caían encima y las carreteras se los tragaban enteros.
Bio
Laura Andrea es escritora y poeta originaria de Carolina, Puerto Rico. Posee una maestría en creación literaria de la Universidad de Texas en El Paso y es una Periplus Fellow del 2023. Es autora de la colección de cuentos ‘Desapariciones y otros cuentos’(Editora Educación Emergente, 2024) y de los chapbooks de poesía ‘Prestige TV Killed the Starlet (Bottlecap Press, 2023) y ‘genderbi’ (Ghost City Press, 2022). Por el momento, reside y enseña en Nuevo México. Puedes seguir su día a día @lauranlora en las redes.