Jimena Benítez Betancur

El Final Perfecto

Cruzó la calle al verlo venir, alto, pelo negro, unos 45 años, con una mirada que la comía entera. Lo sintió en todo el cuerpo, era como la electricidad cuando necesita descargarse en otro cuerpo, le había despertado un instinto animal, de morder, oler, lamer.

Tenía una bolsa de basura en la mano, y cuando se cruzaron la agarró fuerte de la cintura y le dio un beso en la boca mirándola a los ojos. Y le dijo, sin soltarla: —Dame un segundo que tengo que tirar la basura. —Dale, le dijo ella. Intentando disimular. Se había sentido pequeña, como un caramelo. Derretida por esa masculinidad. Erotizada por completo. 

No fue su altura, su porte, su estado físico, fue su forma de desearla sin siquiera haberla tocado. 

Desde el primer segundo, sus ojos no solo la miraron: la eligieron. Eso baja cualquier vestido, quita cualquier corpiño, abre todas las puertas.

Cuando volvió de tirar la basura, ella lo esperaba en la puerta del edificio, él iba hacia ella como un depredador, y volvió a colocar su mano en la cintura, firme, apretada contra su cuerpo, como una declaración sin palabras: sos mía. 

Después de abrir la puerta que da a la calle, la miró, tomó su rostro entre sus grandes manos, y le dijo:
 —¡Qué linda que sos, por favor!

Ella volvía a tener quince años. Su cuerpo tomó el mando: el deseo y el calor en ebullición.

Mientras él abría la puerta de la entrada y pasaban al ascensor, en ningún momento dejó de tocarla. La tomaba de la cintura o la mano. Llevaba su cuerpo, como quien cuida algo preciado. 

Cerró las puertas del ascensor y su cuerpo se pegó al de ella y podía sentir como sus miradas se desnudaban, sin ningún pudor, le pasó su mano suavemente por su rostro, su piel le alteraba todos los sentidos, la olfateó mientras le daba un beso. 

—¡Qué rica estás! —la arrinconó contra el fondo del diminuto elevador.

Algo que había mantenido dormido mucho tiempo se despertó en ella. Por momentos, presa. Por otros, depredadora.

Entró a su casa, y se distrajo por un momento con el orden de aquel espacio. Le parecía irreal conocer a un hombre con una hermosa biblioteca, luz tenue, una cena ya servida. No era la primera vez que él preparaba este escenario, pero ella, con el vino en la mano, no tuvo ganas de sostener conversaciones diplomáticas o preguntas incómodas.

Lo supo enseguida, antes siquiera de comer, de charlar, él la desnudó toda, como quien abre un dulce y lo muerde despacio, intentando saborear cada capa. 

Ella se entregó y mostró su deseo como hacía tiempo no lo hacía.

Logró soltarse, mostrarse viva, conectó con su cuerpo, y apagó su mente. 

Se volvió un animal, se movió arriba de él, caliente, húmeda, suave. 

Tomó sus manos y no tuvo que pedir nada, solo llevarlas a sus senos duros para que él suavemente los hiciera suyos. Admirandola como quien admira una obra de arte. Entera. Abrió la boca y comió de su placer. 

Habían quedado pegados, gimiendo, sintiendo la fuerza de todos sus músculos contraídos, como si estuvieran atados. Acabaron al mismo tiempo. 

No era amor. Era placer. Era deseo. 

Diego había sido un oasis en la vida de Daniela. Ella venía de una larga lista de encuentros.

No soportaba entregar su cuerpo por mandato y Diego, desde que la vio, supo todo lo que ella necesitaba para arder. Seguridad, ambiente, conocimiento, experiencia.

Lo único que él había dejado ver con honestidad era su vulnerabilidad al pedir “responsabilidad afectiva”. 

Ella creyó que Diego hablaba de cuidar al otro. Al haberse separado hace dos años, y ya siendo adulto. Pensó que no estaba listo para una relación. No le desagrada la idea de conectar con una sola persona sin compromisos sociales ni horarios, por eso pedís exclusividad.  

Ella no tenía claro aún lo que quería. Necesitaba a gritos una conexión real.  Lo de la exclusividad le generaba curiosidad, siempre y cuando la sexualidad fuera activa.

Cuando terminaron, quedaron a medio vestir tirados en el sillón de la sala. 

Diego abrió el vino completamente desnudo. Ella no podía sacarle los ojos de encima.

Compartieron algunas historias. Él le contó que había estado con tres chicas después de su separación: una compañera de trabajo y dos que había conocido en la misma app de citas.

Con la primera había logrado un “vínculo afectivo”. Tenían la misma edad. Ambos eran padres de adolescentes. Las rutinas interrumpían la continuidad de los encuentros. Después de seis meses de mensajes espaciados, fueron perdiendo interés. Sin drama.

De las otras dos, una le hizo un escándalo frente a su casa. Ni él la entendió, y Daniela prefirió no indagar: era demasiada información.

Pero Diego insistía en contarle más, y ella, por cortesía, lo dejó hablar.

Sofía era la tercera, con diez años menos que él. Al comienzo era divertido, con el tiempo, se volvió un ida y vuelta de reproches. Él no lograba entenderlos.

“Si un sábado no podía o quería verla, era todo un drama.”

Daniela entendió que podía existir otra campana sobre este reproche, una que no se escuchaba en la voz de Diego, pero el encuentro no ameritaba saber tanto. 

Pensó que no estaba ahí para enseñar ni cuidar a nadie. Eso ya lo había hecho antes, y terminó vacía. Daniela tenía claro que maternar a un hombre era una trampa. Una forma sutil de abandonarse.

Postergar su vida ya no era opción, ni siquiera por hacerle el favor a un amigo. 

Tampoco estaba en ese sillón semi desnuda para asumir el rol de terapeuta, haciendo preguntas como: ¿Sus 10 años menos no te fueron indiferentes? ¿Te preguntaste cómo el vínculo escaló a este nivel de confianza en menos de dos meses?. No iba a hacerle esas preguntas a un desconocido que le acababa de regalar una de las mejores horas de placer de su vida. No valía la pena. 

Fingió interés, sabía que los hombres con estas experiencias solo buscaban en las mujeres escucha activa, silencio y contención, así que se dedicó a escuchar y a imitar las caras que él ponía mientras le relataba las historias, haciendo comentarios de asombro: ¡No te puedo creer!, o tremendo, no sé qué hubiera hecho si me pasa algo así. Rocío, la última, no le había hecho sentir una conexión real, se vieron una vez y nunca más se escribieron. 

Quedó claro que no le había gustado.

Después del resumen, que por la experiencia que tuvo, omitía una lista larga de chicas, Diego le preguntó a ella. ¿y vos? Contame…

Daniela sabía que ningún hombre —desde el cavernícola más básico hasta el más erudito— disfrutaba de escuchar a una mujer hablar de su vida sexual. Mucho menos en primera persona. 

Si ella contaba sus experiencias sexuales, el deseo que él había sentido por ella, una mujer que, a pesar de sus curvas, se había entregado a él, porque él la había conquistado, no podía tener experiencias sexuales o si las tenía, había que contar siempre algún defecto para no herir su ego. Reforzar la imagen de mujer con una necesidad real de placer y contención la haría verse deseada. 

Daniela se limitó a decirle que no se había animado a abrir la aplicación, que quedó en encontrarse con un hombre que la invitó a cenar, pero le había parecido de lo más aburrido. Él había querido besarla al salir, pero ella no pudo sentir nada. conversación era muy densa, solo hablaba de él. Cada vez que intentaba decir algo, él la interrumpía para opinar sobre todo.

Diego le dijo que no había tenido suerte, pero que no todos eran así. Ella le contó que justo había abierto la aplicación para cerrarla… ya no quería tener sus fotos públicas. 

Le dejó claro a Diego, que no necesitaba la atención de otros aunque la tuviera.

También se rieron. Ella le imitó cómo hablaba aquel tipo cuando pidió la cena por ella, le hacía gestos de incomodidad para que se riera.

Todo se mantenía dentro de lo esperable: sin chistes bizarros, sin historias machistas ni divorcios dramáticos. Todo en él seguía diciéndole: podés confiar. Le gusta. 

La charla continuó, entre besos, y pausas donde tomaban vino. La conversación se estiraba entre anécdotas livianas, como si ambos supieran que era mejor no ir más hondo. 

Diego la llevó de la mano a su habitación, donde tenía un espejo de cuerpo entero. 

Y otra vez fueron los cuerpos los que supieron cómo continuar.

Parado detrás de ella, fue quitando una prenda tras otra, como quien desarma algo hermoso. Mientras la acariciaba la luz de la calle se filtraba por la ventana y dejaba ver su silueta completa, proyectada en el espejo.  

Se contemplaron juntos.  Desnudos.

El suelo frío los invitó a abrazarse, y  entre caricias, se lamieron como  dos perros se lamen sus heridas. 

Comenzaron las mordidas, él por detrás, y el orgasmo los alcanzó antes de lo esperado.

Él la escuchó gritar y se acostó con todo su peso sobre ella, y acabó dentro con un suspiro animal, como si su cuerpo buscara enterrarse dentro del suyo. 

Daniela se sintió plena. Tenerlo adentro prolongaba ese estado febril que se negaba a bajar. El aroma cálido que desprendía era adictivo. No podía pensar. El mismo estado que le provocaba correr y hacer pasajes de uno o dos minutos a máxima potencia: su mente quedaba en blanco, y el cuerpo al mando.

Eso era libertad. Conectar con el cuerpo. Darle vida.

Él continuó sobre ella por un largo rato. El peso de su cuerpo sostenía el trance. Esa suavidad húmeda los mantenía unidos.

Diego logró apartarse mientras la besaba.

Antes de ir al baño, se detuvo a mirar sus tatuajes, como si quisiera memorizarla.

Guardó la imagen de su cuerpo desnudo, todavía tibio entre las sábanas, y le dijo, con un tono mimoso que rozaba el ruego:

—Es tarde. Quedate.

La idea de despertar y sentirse así de nuevo la sedujo, y se dejó llevar.

Diego entró en el baño, y ella, al escuchar el sonido de la ducha, se levantó. Se bañaron juntos con total naturalidad.

Él lavaba su cuerpo con la delicadeza torpe de un niño con su juguete favorito; sus sonrisas, libres de máscaras y pretensiones, les recordaban que el cuerpo, a veces, se ofrece sin miedo, solo por el deseo de estar cerca.

Ella no tenía experiencia en compartir algo tan íntimo como el sueño. Hacía mucho que no conectaba con alguien con quien realmente quisiera despertar... y seguir jugando.

Durmieron, por momentos abrazados, por momentos excitados. El cansancio los meció en un estado de somnolencia que se interrumpió con los primeros ruidos del tránsito de la calle.

El ruido de una bocina la hizo moverse. Diego la rodeó con el brazo; seguía excitado, como si la noche no hubiera terminado. Ella también. Lo sintió duro contra su espalda y se acomodó de costado. No hizo falta más. Él entró en ella y su cuerpo respondió.

—Más fuerte… así, mi amor… —le susurró ella, suave, como un gatito mimoso.

Él la mordió, le apretó los senos y le susurró al oído:

—Buen día, hermosa. ¿Sos mía?

—Sí, mi amor —le respondió entre gemidos, sin poder pensar.

Cada vez que él le susurraba al oído si era suya, ella solo podía repetir que sí.

Sí a todo.

Sí a seguir siendo cuerpo.

Sí a perderse.

Daniela siempre supo que el sexo no era solo cuerpo. Era entrega. Un juego donde la única regla era rendirse sin miedo a perder el control.

Ese estado tenía algo de adicción: como la heroína para un drogadicto, el placer también puede volverse dependencia.

A él le enloquecía verla  en movimiento y a ella sentir su cuerpo dictar el ritmo. 

Ella miró el reloj, recordó que tenía que ir por su hija para llevarla a un cumpleaños. Le pidió bañarse. Mientras ella lo hacía, él preparó café. Se despidieron en la puerta del edificio con los cuerpos aún encendidos. 

Durante la semana se enviaron algunos mensajes, pero los de él pasaron a ser todos en un tono eróticos. 

Ella resintió un poco que todo se resumiera en el acto, porque lo que le seducía de Diego era el juego previo, y él había prendido fuego su mente hasta hacer arder su cuerpo. 

No necesitaba la masturbación mental en fotos. La seducían, sí, pero no tanto como la realidad. Ella necesitaba el acto concreto, la seducción en tiempo real. Y Diego se había anclado en esa forma de contacto; cada noche le enviaba fotos, mensajes y audios excitados.

Cada noche le enviaba fotos, excitado. Al principio, Daniela las recibía con placer, pero la rutina pronto comenzó a hastiarla.

Después de dos semanas, lograron coincidir. 

Daniela se prendió fuego solo con revivir lo que había sentido. 

Se bañó, se depiló, y eligió ropa interior nueva, de encaje. Se puso una falda corta y medias negras; la excitaba imaginar el impacto visual que tendría sobre él.

Antes de salir de su casa, le mandó una foto y le pidió que al entrar a su apartamento le bajara las medias, la tanga… y… Fue exactamente todo lo que ocurrió. 

Él la tomó fuerte de la cola, luego de la cintura, y la penetró. Ella gemía, entregada al ritmo que Diego marcaba. 

Verla semi desnuda, con el corpiño a medio salir, lo enloquecía. 

Se acercó a su oído y le susurró: —Te extrañé… 

Ella le siguió el juego. —Yo también… —le dijo, y agregó con un tono más bajo—: Quiero ser tuya. 

Él se volvió loco. —Sos mía. Toda mía. Y de nadie más.

Terminaron y ella comenzó a vestirse, pero algo en el aire había cambiado. Fue ella quien lo besó esta vez, y él lo percibió. Daniela sintió su distancia, y al mismo tiempo, confusión.

Esa noche ella no se quedó. Y al día siguiente, el silencio continuó.

Pasaron los días y Diego no escribía. Daniela no quería parecer invasiva, pero algo en ella comenzó a inquietarse. ¿Y si le había pasado algo? Su instinto maternal la empujó a escribirle: Hola Diego, ¿estás bien?

Él vio el mensaje, pero no respondió hasta dos días después. Le dijo que había estado enfermo.

Pasó otra semana. Ella volvió a escribirle, y esta vez él respondió que no se sentía bien. 

Daniela se preguntó si quizás necesitaba ayuda. Le escribió preguntando por su hijo y su familia.

Diego la tranquilizó: no era algo físico, dijo, era él… y su cabeza. Estaba confundido y prefería “no mezclar las cosas”.

Daniela se quedó con esa frase resonando. ¿Qué quería decir con mezclar? 

Al principio se preocupó. Intuyó que podía estar atravesando algo íntimo, y no quiso entrometerse: entre ellos no había confianza para eso. Pero tampoco quería ser indiferente. Él le había regalado placer, intensidad, juego. Y ella deseaba que supiera que su bienestar le importaba.

Decidió esperar un día más. Pero cuando le escribió, él no respondió.

Pasó una semana. Y luego otra.

Pensó que lo mejor era tomar distancia. Ambos eran padres, con muchas responsabilidades. Quizás el problema tenía que ver con su hijo, y ella sabía —por experiencia— que esas situaciones exigen toda la energía.

Tal vez algo lo tenía atrapado en un conflicto donde ella, claramente, no podía aportar nada.

Fue dejando atrás la idea de volver a verlo. Y siguió con su vida.

Un tiempo después, subió una foto a su estado de WhatsApp. Estaba haciendo algo en su casa. Al instante, le llegó un mensaje de Diego:

—Hola, hermosa.

Otra vez, pensó.. 

Al principio, el mensaje le dibujó una sonrisa. Pero enseguida, algo en ella desconfió.

—Hola, bello… ¿estás bien? —le escribió, intentando acortar la distancia.

Él respondió que sí, que se sentía mejor.

Pero lo que dijo después… la descolocó.

—Estaba bien, sí. Pero vi que te estás enganchando y preferí cortar un poco.

Daniela leyó y quedó desconcertada. ¿Enganchándome? —pensó—. ¿No estábamos los dos disfrutando de una conexión sexual?

Se sintió sorprendida. Dudó si responder. Solo atinó a decir que tenía claro que no estaban en una relación.

Diego respondió que todo bien, e intentó continuar la charla.

Pero quedaba claro: lo suyo no era un vínculo “respetuoso y afectivo”. Era solo sexo, y puerta cerrada al terminar.

Daniela podría haber disfrutado igual, si las cartas hubieran sido claras desde el principio. Pero aquel discurso de "responsabilidad afectiva", le resultó de lo más bajo. Entre adultos, pensó, las cosas deben hablarse con claridad y respeto.

No huir apenas se perciben emociones reales —si es que eso fue lo que le pasó a él. Daniela solo había sentido placer. Ni siquiera había llegado a conocerlo lo suficiente como para pensar en un vínculo real.

Dejó de escribirle. No porque dudara del excelente sexo, sino porque ese gesto lo bajó del pedestal.

No era tan deseable como parecía. Al menos, no mentalmente.

El tiempo pasó. Se fue de viaje.

Al volver, se sintió con ganas de otro encuentro.

Tenía muy claro lo que le gustaba en la cama. Solo faltaba encontrar a alguien con quien también pudiera disfrutarlo.

Abrió Baltin, una red de encuentros para adultos.

Las fotos le parecieron una ridiculez: adultos posando como modelos de revista.

Pensó que ni siquiera eran reales, solo montajes de cuerpos ajenos.

Cerró la cuenta al día siguiente, con la esperanza de encontrar algo en la vida real.

El mismo día que cerró la cuenta… apareció Diego.

Habían pasado seis meses.

—Te vi en Baltin. Estás hermosa.

Espero que no te moleste que te escriba.

Daniela leyó el mensaje y pensó: si el placer está garantizado, solo hay que cambiar las reglas.

Le contestó con tono juguetón:

—Hola, lindo. ¿Cómo estás? Tengo ganas de vos. ¿Querés vernos?

Diego lo leyó… y tardó en responder. Su respuesta lo sorprendió a él, no a ella.

 Pero le dijo: _ Tengo ganas y tengo tiempo. ¿Podés ahora? 

Daniela ya no tenía dudas. Diego usaba a las mujeres según su interés.

Todo su discurso de “sexo afectivo” era una fachada bien armada para su perfil.

—Sí, puedo. Pero pongamos las cosas en orden —le dijo Daniela—. ¿Vos querés cojer conmigo?

Esa noche tenía otra cita. Pero pensó que ver a Diego a la tarde la haría ir más segura.

Un orgasmo calma la ansiedad, pensó. Diego sabía cómo dárselo.

Media hora después, estaba frente a su casa.

Se había preparado: perfume, pelo suelto y un jean que le marcaba las curvas.

Él la esperaba afuera.

La devoró con la mirada. Y para su sorpresa, la besó en la entrada.

Subieron en silencio.

En la habitación, frente al espejo, se desnudaron. Esta vez, con toda la luz.

Ella le pidió que se acostara y se montó sobre él. Sabía lo que quería.

No lo besó.

Solo lo miró mientras se movía con fuerza.

Extrañaba su cuerpo, no a él. Solo su cuerpo y esa forma en la que la miraba.

Eso era todo.

Ella llegó primero. Él, después.

Se quedaron acostados un rato. Ella le habló de su viaje, sin entrar en detalles.

Él insinuó un nuevo comienzo.

Ella ya estaba en otro lado.

Comenzó a vestirse y le pidió que le abriera la puerta.

Desde el taxi, le mandó una canción: Tu cuerpo y el mío van a la vez… Y un mensaje corto: Gracias, Diego. Beso. Cuídate.

No volvieron a hablar. 

Ni a verse. 

Ni a tocarse.

Bio

Jimena Benítez Betancur (1986, Buenos Aires, Argentina) es docente, artista visual y escritora. Se formó en dibujo de manera autodidacta y actualmente enseña artes plásticas en la Universidad del Trabajo. Está finalizando la carrera de profesorado y explora la escritura como herramienta de liberación, testimonio y crítica. Escribe poesía desde la infancia; sus textos abordan el deseo femenino, la autonomía, los vínculos afectivos y las fisuras del lenguaje. Es madre, lectora apasionada y crítica sensible del mundo que la rodea. Cree en el poder transformador de la palabra y en la escritura como forma de resistencia íntima y política.

Jimena Benítez Betancur (born 1986 in Buenos Aires, Argentina) is a teacher, visual artist, and writer based in Montevideo, Uruguay. Self-taught in drawing, she currently teaches plastic arts at La Universidad del Trabajo and is finishing her teaching degree. She explores writing as a tool of liberation, testimony, and critique. Her work addresses female desire, autonomy, affective bonds, and the fissures of language. She is a mother, passionate reader, and sensitive critic of the world around her. What being Latinx means to me: