Gisela Sequeida Lemus
Te miro, miras, conjeturo
Recordar cómo me miraste, me desespera. Nada puedo darte, y nada puedes darme.
Yo entro con mi madre, mi hermana, y mi hermano por las puertas de tu empleo estable de financiera. Tus dos piernas macizas podrían soportar tu cuerpo mujeril, pero tu oficio te obliga a sentarte detrás de un escritorio, en una silla. Haces tu trabajo.
Nosotros, nos ponemos en una fila esperando que nos atiendan para mi madre cambiar su cheque de empleo fijo—aún poco próspero—y yo soy una utilería que habla inglés y alivia de la vergüenza—por lo menos, se suponía. Mas como no sentirme igual de forastera; soy una señorita de diecinueve años, en trenzas y huaraches.
Estamos en diciembre y la sala de espera, que es un corredor ancho con las ventanillas a un lado, está llena de decoración navideña. Mis hermanos y yo platicamos chácharas para pasar el tiempo, y mi madre, ansiosa, los mira fijamente a ustedes, los cajeros.
Simplemente, diré que por más adornos que le pongan un pino, o festivo, que sea el mes, no deja de ser ese pino, un árbol en un edificio donde no hay árboles ni semejantes.
Tu socia nos dice en inglés, “pronto estaremos con usted.”
Nosotros le asentimos la cabeza en español. Una vez levantada la mirada, atrevo a fijarme en más que el pino y las chucherías navideñas de la sala, y te veo—cómo no verte en un hogar alumbrado de esa manera, donde nada pudimos ocultar; donde, hasta el fondo del edificio, sobre tu escritorio—hasta debajo—no se formaba ni una sombra. Me fue tan distinguida tu presencia como la luz — mujer, pelirroja, pálida, profesional, atildada. Tú tienes los ojos en un papeleo, y te admiro, pero rápidamente te quito la vista de encima. Vuelvo a chácharas y chucherías que son cosa mía.
¿Cuándo me viste, tú, fue antes o después de haberte visto yo? Me pregunto si jugamos un juego sin saberlo. Como si involuntariamente e insensatas, dijéramos ¿on' ta' el bebé?, y en el ¡aquí está!, tales bebés se distrajeran en chucherías, o tuvieran que volver su atención a formularios sobre escritorios. Nos vimos, entonces, solo en pedazos: los cuellos o cabelleras, clavículas o cinturas; hasta que pillamos que nos mirábamos y nos quedamos quietas, mirándonos bien a la cara. Se puede decir que tus ojos fueron hambrientos. Y no sé qué fue de los míos, pero por dentro me entró un terror: apreté los puños, me agarré la blusa del cuello, y tragué saliva. Cuando me di cuenta, tú ya me habías hecho tu alimento. Me provocaste un pudor insoportable, ya no quise verte. Ganas dieron de salir corriendo; a la vez, de desnudarme. ¡Acaso no son esos dos impulsos justos de terror! Volteé a mis hermanos, ¿y qué más de la cháchara?
¿Qué justificación tenías para levantar tus ojos de los papeles y mirarme a mí tan lejos? Oficinista en su escritorio, no en la ventanilla. Su trabajo no es el de tratar conmigo, y aún, tratándose desde lejos, de mí, con sus facultades permitidas.
Tan fina cortesía practicaste con los ojos y solo yo tuve el placer. El terror fue un efecto secundario; y el tercer, de descaro—fingir que no me cautivaste. Te di la espalda.
Luego, como si no me pudiera sentir más desnuda, tu socia en la ventanilla, frente a tu escritorio, me dice, “aquí los puedo atender.”
No queda más que seguirme encuerando. Llegando a la ventanilla están dos sillas; nosotros, somos cuatro. Mi madre se sienta—claro—y mis hermanos abren el paso, quedándose parados para mí dejar la silla y el trabajo de traductora.
Me siento. Te estoy mirando. Me estás mirando a través de la socia que nos divide. Luego, te paras—claro—cómo no hacerlo con la gran facultad de tus piernas. Digo, si ya fuimos novias con la mirada, ya besuqueamos nuestros cuellos, y me apretaste la cintura, y te chupe los pezones; o igual, lo contemplamos, ¿qué más es otra facultad con que aterrorizarme? ¡No es posible ser demasiado cordial!
Es diciembre. Tu vestido es rojo, con una rendija en el muslo. Tus piernas son blancas. Tu cintura ciñes con una cinta, le hiciste un moño. Y en la cabeza, tienes un chongo. Te habías parado a hacerle una pregunta a tu jefa, a la que, supongo, esperabas respuesta cuando te inclinaste sobre su escritorio. Te apoyas con los codos. Te miro. No me miras—es imposible. Perduras así—¡eres rigurosa con tu trabajo, esto me indica! Y también lo es tu socia—porque ella se para a indagar con la jefa, interrumpiendo, si la matrícula consular de mi madre, en realidad sirve de identificación según la "nueva póliza".
Mientras tanto, sigo viendo que no se te responde la pregunta. Inclinada como estabas, empiezas a batallar con los pliegues de tu mujer. De la forma más común, se te cae el esmerado chongo de la cabeza como me ha pasado tantas veces. Haces el esfuerzo de componer tu peinado con una sola mano, pero ¿qué maneras son esas? Se te sigue cayendo.
¿Podría conjeturar sobre tus intenciones más aún de lo que ya he hecho—digo, ya que te pasa lo mismo que a mí? Creo que te empeñabas en usar una sola mano, porque al no serlo, tendrías que usar las dos. Y si usaras las dos manos, tendrías que enderezarte; porque al no serlo, estarías inclinada bastante, y sin apoyo — y qué ridículo sería tu posa. Tú mantienes tu posición y sigues tu batalla. Comprendo. Yo sigo la mía.
En la ventanilla, yo traduzco lo que diga mi madre y lo que se nos responde. Mi madre tose y se disculpa.
“No tienes que disculparte,” le digo (esta es mi trayectoria como utilería que alivia de vergüenza).
“¡Tose con fuerza y que todos lo oigan!”
Todos me oyen.
¡Qué maneras son esas! Tú no quieres usar las manos, y yo ando metiendo la pata. Yo me reí — claro. Entendí, aquello me lo había dicho a mí misma. Y claro, a nadie le agradó, pues no viven en mi cabeza.
Tú vuelves a tu escritorio cuando mi hermano empieza a hablar chácharas, pero ya no quiero hablarlas. Una mujer me coquetea, y me desespero por amarla.
Te miro. Me miras. Hablo con tu socia cuando tiene preguntas. Respondo corto a mi hermano, sí, sí, cháchara, cháchara — quisiera gritarle que se calle. Te miro, aún batallas con el chongo. Pero tomas de nuevo el poder. Optas por soltar tu cabello — una aterradora cortina roja; casi libre, mas toda tuya. Lo ajustas como jugando con él, y yo te respondo acariciándome las trenzas como jugando a deshacerlas.
Y cuando al fin le cuentan los billetes a mi madre, dura muy poco.
Todos nos vamos. Nos paramos, empujamos las sillas, escondemos los ojos, no vuelvo a levantar la mirada—aunque caminó muy despacio, y salgo por las puertas. Fuimos novias lo más que pudimos, supongo. Y siento cuál si rompiéramos.
Sigo atormentada si llega la noche. Y si veo la luna, me hace enojar. Luz inútil que alumbra nada y solo llama atención, me digo. Y cierro las cortinas.
Bio
Gisela Sequieda Lemus is a first gen Chicana. She prefers to write in Spanish. She discovers more about herself with each word, and gains a little confidence. Her fiction "Letra en un árbol" has been published in The Acentos Review. Her website: https://gisela-sl.vercel.app/