Enrique C. Varela

El hielo se derrite

-Habré la fakin puerta por orden de I.C.E., anuncia una voz desde el otro lado de la puerta principal de un apartamento chico. Los golpes que los agentes de I.C.E le tiran a la puerta son violentos y rezumantes como los de la policía que patrullan los barrios Latinos estadounidenses. 

-No necesitamos una orden de aprensión, eh. Abre la puerta o la tumbamos, amenaza la voz engabachada con mal español. Buscaban los agentes a Cuauhtémoc Díaz, un noble piscador de fresas, fichado como un enemigo del estado por la simple razón de tener la piel prieta; fichado como los restos de los Latinos viviendo en los Estados Unidos soportando en sus espaldas adoloridas y encorvadas las cosechas del país. Son peones en el juego político del presidente. El descarado quiere sacar a los Latinos para que le metan votos los gabachos. Un turno despiadado por el líder del mundo libre. Un intentado mate en el tablero de ajedrez Latino. Y ahora le tocaba a Cuauhtémoc ser el instrumento político. 

-Pos’ que chingados? les responde Cuauhtémoc con huevos a los agentes mientras retira su oído derecho de la puerta. -Váyanse a la chingada! 

-No me importa lo que digas, le responde el agente de I.C.E. con rabia brotando de sus oídos. -You know what Cuat-moc, o kumquat, o lo que sea, entraste ilegalmente a mi país y vengo a sacarte de él.  Los golpes hacia la puerta aumentan de intensidad. Un desilusionado Cuauhtémoc se retira a su recamara y se aproxima a un altar adyacente de su televisor RCA. El altar es vestido esmeraldamente de plumas de guacamayo verdes y construido de roca volcánica. Prudentemente se arrodilla frente el santuario asegurándose de no volcar las estatuas de los Dioses Aztecas, Huitzilopochtli, Tláloc, Xipe Tótec, Tezcatlipoca, y Xiuhtecuhtli al lado del altar.

 -Bueno Diosecitos, se me acabo el corrido. Hay cuídenme en mi viaje a mi querida tierra natal. Y con eso, Cuauhtémoc se resigna y procede a acuchillarse la vena juglar con un fragmento de un Macuahuitl que cuelga de su llavero y roce a las estatuas con un espray de su sangre roja, espesa, y tibia.

-Tear this fucking door down, les ordena el encargado de la redada a sus operativos.

 -Yes sir. Right away sir.

Un ariete es en orden. En el momento en que los agentes lo cogen y empiezan a embestir la puerta, la luz del sol se oculta como las caras cubiertas de los operativos. Los agentes encargados de derribar la puerta paran in medias res y miran hacia el cielo. 

-What the hell? Is it supposed to rain?  Una gota de lluvia le cae a la manga de unos de los agentes y comienza a chisporrotear. 

-Shit,  exclama el agente. Más y más gotitas de agua empiezan a caer sobre los hombres.

 -My head! My head’s burning,  grita uno de los agentes.

 -Mine too, dice el otro. -Ouch, ouch.

-Don’t fucking stop. Keep ramming the door! It’s almost down, les chilla el agente encargado de la lamentable operación.

Los agantes obedientes siguen con el asalto, aunque la lluvia les empiece a quemar el coco. Acabo, ser ciegamente obediente es “the American Way.” El encargado y tres de sus compatriotas se retiran a las cocheras cubiertas y observan los hombres intentar tumbar la puerta. 

-That’s it boys. Keep it up, les conta el encargado prudente desde su walkie-talkie. Los intrusos siguen con el golpeteo. Están empapados los agentes y humeantes. La lluvia les arde como agua hervida, pero siguen pendejamente. Vapor crese de sus vestimentos. 

-Micah! Micah! Your arm!  le avisa uno de los agentes titubeando el ariete. Se fija Micah en su brazo fundido y a alzarlo al cielo, se le cae la piel. Sus otros dos agentes dejan caer el ariete causando un sonido similar a un choque de automóvil. Los agentes debajo de las cocheras cubiertas observan la piel de los dos asaltantes despegarse de sus cuerpos y derretirse al pavimento en una masa amorfa rosita. Enseguida caen los agentes pelados como un títere con sus cordones cercenados. Los dos se habían convertido en Skeletor de las caricaturas de los 80s He-Man.

-What the freak is going on?! cuestiona uno de los agentes en la cochera antes de brotar en un baile Conchero animoso. 

-What are you doing Foster? This isn’t the time to dance. Stop it right now, ordena el encargado. 

-I can’t sarge.

-What do you mean you can’t? I order you to stop this damn instant! 

-Sorry boss. I don’t know what’s wrong with me. I can’t stop. It’s like something is making me dance. You hear that? Do you guys hear those drums and maracas? le pregunta el agente con el ritmo imparable en los pies a sus compatriotas. Ellos sacudan la cabeza no.

De repente, otro de los agentes les dice a sus compañeros, -Damn, those are cute. I need to go and try the newest fashion out. Hold on. Desafiando la lluvia, el agente va a donde está la masa rocita de piel en la pasarela peatonal y empieza a cubrirse el cuerpo con los pellejos de los dos agentes convertidos en horror show. Regresa luciendo la piel de sus compañeros presumiendo como si fuera la más reciente colección de la diseñadora de modas Carla Fernández. Con los cueros colgando como cueritos bien curados en vinagre, les pide su opinión.

-What do you guys think? Yes, no?

-Get the fuck way from me!  grita uno en un momento de histeria. Saca su Glock 17 de su cartuchera, circula su apunto entre sus compañares que quedan. 

-This is crazy, anuncia el agente al instante de poner el barril del arma a su sien. Le jala al gatillo.

Poco rato después, al pie de los agentes que quedan bajo el cubierto, cae muerto el bailarín con el ritmo celestial en el los pies y el corazón. Los talones de sus botas sueltan un humo gruesamente siniestro. El agente de al lado del encargado tiene una rara mirada cristalina en sus ojos y procede a rasgar su camiseta exponiendo su pecho peludo y pálido. Violentamente se entierra la uñas en el pecho, oprimiendo sus manos más y más en su torso.

 -Johnson! Johnson le grita el encargado, pero es inútil. Johnson prósperamente, como el machi de la película Indiana Jones and the Temple of Doom, se hunde las manos en su pecho y se saca su corazón todo sangriento y latiendo. Se lo presenta a su jefe como el regalo que contiene todo el universo en su ser.

-I don’t know what the hell is going on, but nothing is going to stop me from completing my mission! Nothing! I’m a patriot! You hear that! A motherfucking Patriot! grita el encargado al tormentoso cielo. Procede a sacar su arma de su cartuchera y fusila al agente Johnson. Pisa el corazón con un fuerte chapoteo, se pasa por encima del modelo cuerudo y se dirige a la puerta principal con arma amartillada.

Como un jugador de football americano, el encargado se lanza sobre la puerta, resbalándose en babas en la pasalera a la puerta y con su hombro formado finalmente tumba la puerta. El agente precavidamente entra en la sala.

-Cuauhtémoc. Cuauhtémoc, sale para afuera. No hagas que te shoot you, le avisa el encargado. Con arma apuntada, asegurándose que no haiga nadie a sus periféricos, recorre la sala y la cocina. Nada. Entra al vestíbulo que lo guía a los cuartos de la vivienda. Y allí en la recamara principal encuentra a Cuauhtémoc hincado frente de su altar mesoamericano. El agente lo observa reflexionando por un momento desde el marco de la puerta.

-Ya Kumquat. Se acabó. Vas a venir conmigo. En un estado de profunda meditación, Cuauhtémoc ni siquiera exhibe retirada. Se le acerca el gante a Cuauhtémoc con el arma lista para disparar. Está a punto de atraparlo.

Una luz ardiente y brillantísima como el sol se empieza a manifestarse en el clóset de Cuauhtémoc, encendiendo la recamara chica como si fuera el mero umbral del infierno. 

-What the hell? se pregunta el agente asombrado. Una figura empieza a materializarse entra los chalecos y pantalones de mesclia. Batalla el agente a distinguir qué o quién es. Después de unos momentos eternizados, el agente ajusta su vista y es capaz de ver unos rasgos de la figura. La figura es tremenda, de piel azul, con una gorra adornada con varias plumas de colibrí. La figura azul alza su brazo derecho, levantando una espada en forma de una encorvada serpiente. Se enciende la espada con un fuego feroz que inmediatamente encandila al agente de I.C.E y como si la figura azul estuviera cortando el apio en el día de cosecha, un raudo movimiento de la espada le vuela la cabeza. La cabeza cae al suelo como una maceta de barro llena de tierra. La luz radiante se tenue. La figura azul se desaparece.

Cuauhtémoc despierta de su meditación, se para, y casi se torpeza sobre el cuerpo rígido del agente de I.C.E. La cabeza con el hocico abierto no muy lejano del organismo extinguido.

 -Hay chinga’o? ¿Y esto? 

Cuauhtémoc se aproxima a la puerta principal y la abre un poco para echarse un vistazo afuera. Al instante de abrir la puerta, la lluvia se detiene, las nubes se blanquean, y el sol aparece. Cuauhtémoc es recibido por dos agentes de I.C.E. despellejados en su porche. Puede ver en la cochera que hay dos más cuerpos tirados.

 -Hay buey. ¿Pos’ que chingados paso?  se pregunta Cuauhtémoc a voz alta a cerrar la puerta. Se queda parado en su sala considerando sus opciones.

 -Chínge su madre. Por seguro van a decir los hueros que yo lo hice. Siempre es la culpa del mexicano. ¿Y ahora, que voy a hacer? No tengo dinero para un mendigo licenciado.

Bio

Enrique C. Varela is a first-generation Mexican-American from Oxnard, CA. His short stories have appeared in Chiricú Journal, The Acentos Review, Somos en escrito, Latine Lit, Litro Magazine, and others.